Mons. Builes, iniciador de una nueva época misionera desde América Latina

Destino providencial de América Latina

Desde el descubrimiento hasta principios del siglo XX, América Latina había sido campo abonado en el cual la semilla de la fe, sembrada por misioneros europeos, había germinado hasta llegar a ser un continente cristiano casi en su totalidad.

Sin embargo, se había acostumbrado a recibir, sin que hubiera tomado conciencia del deber implícito en todo bauti­zado de ser trasmisor de “la fe recibida.

En estas circunstancias, aparece el joven obispo de Santa Rosa de Osos, quien con una gran mujer, Laura Montoya, se constituyen en despertadores del espíritu misionero de Colombia y del continente.

Marcado por un fuerte dinamismo espiritual, Mons. Builes inicia una doble batalla, bajo la inspiración de un único motivo: El ardor de su fe.

Esa doble batalla tiene dos polos: defender el desquicia­miento de la fe, como fundamento de la cultura patria, e impulsar el nacimiento del espíritu misionero en Colombia y en América Latina.

Desafortunadamente, el ímpetu de las luchas políticas del país logró que tuvieran mayor resonancia las intervencio­nes de Mons. Builes en este aspecto, pasando a segundo plano las verdaderas motivaciones de su acción y la tras­cendencia de sus empresas misioneras.

Los acontecimientos de la Segunda Guerra Mundial hicie­ron que Mons. Builes percibiera aquello que más tarde Pío XII llamaría el “destino providencial de América Latina”. Por ello el señor Builes escribía:

“Si los ojos de la Iglesia están puestos en nuestra vir­gen América, urge intensificar la plegaria para que se multipliquen las vocaciones misioneras y vaya en auxilio a los ya desolados continentes azotados por la guerra y que han de quedar en una desolación mucho mayor en la postguerra; y nosotros (se refiere a Co­lombia) estamos llamados a ir a la. vanguardia de nues­tros hermanos de América Latina, siguiendo el ejem­plo de España misionera en el continente europeo durante todos los siglos” (Revista Acción Misional, No. 177.)

Así, el señor Builes dió comienzo al movimiento misionero en el continente con una perspectiva universal, que cada día a partir de él, va en aumento y promete tener las di­mensiones que soñó.

Para ello fundo el Seminario de Misiones, creó otros tres institutos femeninos como fuerza de apoyo. Los Misione­ros de Yarumal iniciaron su acción apostólica en el conti­nente y a través de sus miembros dieron comienzo a una reflexión misionera que, por medio del CELAM, ha ido cubriendo el espacio de América Latina y va dando pie al nacimiento de una nueva misionología.

Breve itinerario del pensamiento misionero del señor Builes

Los textos que vamos a transcribir, entre muchos otros, presentan el pensamiento misionero del señor Builes:

Refiriéndose a su primera infancia escribía:

“Recuerdo que mi santa madre, sentada en su vieja butaca y haciendo que yo colocara mis codos sobre sus rodillas, me enseñaba amorosamente la Doctrina. y luego, sentándome a su lado me hacía leer antiguas revistas misioneras y me explicaba el sentido de las fotos en donde se veía el misionero, el salvaje, las sel­vas, los bohíos, las fieras y las serpientes, los ríos y las lejanías arreboladas. Todo lo cual dejaba en mi alma una impresión profunda con cierto tinte de melan­colía.

Tenía yo apenas cinco o seis años y me pregunto:

¿No sería ésta, la semilla de mi vocación sacerdotal y misionera?” Revista de Acción Misional, n. 70, p. 26.

Siendo estudiante en el seminario de Santa Fe de Antio­quia, descubre el joven seminarista la fisonomía misionera de Santa Teresita del Niño Jesús y hace con ella un pacto misionero, del cual ya hemos hablado.

Ya sacerdote, se refería a los sentimientos que despertaban en su alma la consideración de las necesidades espirituales de la gente y escribía:

“Cuando bogando río abajo, me detenía en cada case­río y contemplaba a aquellos, que extendiendo sus manos suplicantes, me pedían pan para sus almas, me venían con obsesión aquellas palabras de Jesús: “La mies es mucha y los operarios pocos…” ¡Salvar esas almas de los mundos nuevos! ¡Pero veía tantas y yo, pobre misionero, víctima del paludismo, escuálido, macilento, ¿qué podré hacer? Mi alma vibraba empe­ro, ansiosa de salvar esas almas… y ¡qué osadía! las del mundo entero” Conferencia Radial, 1936.

En otra oportunidad expresaba:

“Mi inquieta juventud se internó por esas dilatadas regiones… A veces me sentía oprimido por la melan­colía del bosque solitario y de esas almas más solita­rias todavía y ansiaba volar, de modo que hasta en sueños, lo recuerdo muy bien, desde el alto de San Agustín, más allá del alto de La Ceja, me espacié una noche en raudo vuelo hasta las playas arenosas del Magdalena en busca de almas, con gran alegría mien­tras volaba, pero con gran desilusión cuando al des­pertar me encontré sin alas y. tan pesado como la vís­pera. Empero volvía a levantar mi corazón y extendía de nuevo mi mirada al resto de la patria… y se iba mi espíritu hasta las más remotas islas y hasta las regio­nes paganas del lejano oriente y exclamaba de nuevo:

¡La mies es mucha… envía operarios”

El pensamiento permanente y torturante de la carencia de misioneros, hizo madurar en su mente la decisión de con­vertirse en fundador.

“Cuando, sentado en mi canoa de misionero, meditaba en los innumerables salvajes de esas riberas, pensaba: ¿qué podría hacer un pobre joven palúdico y sin fuerzas físicas, aunque con gran voluntad?.. y se me iba abriendo un

deseo como de una fábrica de misioneros santos y sacrificados, no sólo para esas comarcas tan necesitadas, sino también para el resto de mi patria, tan urgida, y aún más… mi mirada se perdía en la gran extensión de un mundo sin Dios

Dando un paso más en este proceso, nos encontramos con el recién nombrado obispo de Santa Rosa de Osos, que participa en” el Primer Congreso Misionero celebrado en Bogotá en 1924.

Allí uno de los conferencistas, el P. Eudista Mathurin Jehanno, refiriéndose a la necesidad de fundar un Semina­rio de Misiones, le dijo: “Señor Builes, a usted le toca aco­meter la obra”. A este respecto escribía:

“Yo guardé silencio porque me abrumaba el pensa­miento de mi miseria; pero reflexionaba que, durante los diez años de ministerio sacerdotal, no había pensa­do sino en que “la mies es mucha y los obreros po­cos”. La idea me había obsesionado y ahora este pia­doso sacerdote me decía con tanta seguridad: “A us­ted le toca la obra. Antioquia es tierra de vocaciones y usted está muy joven y es muy misionero”. Dios se vale de pobres instrumentos para sus obras, dije; y si él me pide este sacrificio, lo acepto con toda mi alma” .

Más tarde, reflexionando acerca del objetivo del Seminario de Misiones, decía:

“Fue mi ideal básico preparar misioneros, que como San Francisco Javier, fueran hasta los confines mis­mos del mundo a predicar la Buena Nueva, a todas las zonas y a todas las razas”.

En otra oportunidad escribía al mismo respecto:

“Se abren ante mis ojos los campos de la labor evan­gelizadora, inmensos como el mundo y en ellos, sem­brando espigas, unos hijos misioneros y unas hijas misioneras por millares, que conmigo trabajan por unos mismos intereses: la causa de Dios, los interesa de Cristo” Crónicas Misionales, p. 170

Yaún desde su tumba quiere ser misionero:

“Con todo, Dios mío, yo no quiero descansar sino trabajar hasta que se salve el último mortal, como decía Teresita. Para ello me atrevo a pedirte otra vez, lo que en mil ocasiones te he pedido: que después de mi muerte, no me des reposo, antes bien, me des muchas tareas de salvación de las almas hasta los últi. mos rincones del mundo y en las más remotas islas” Diario inédito.

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