La originalidad de la misión desde América Latina

La reflexión misionera que se origina en América Latina se apoya en el tópico “desde la pobreza”, que empieza a ser tomado no solo en su significación socioeconómica, sino en sus alcances teológico, ascético y pascual.

En cuanto a l primero, la teología latinoamericana ha encontrado en el pobre y en la pobreza, un lugar teológico, el mayor soporte para su elaboración. Así cuando en el documento de Medellín decían los obispos  “un sordo clamor brota de millones de hombres, pidiendo… una liberación que nos llega de ninguna pate”, formulaban con claridad que la salvación es una acción de liberación integral de toda clase de servidumbre u opresión. Más tarde en Puebla reafirmarán que ese clamor del pobre es “Claro, creciente, impetuoso y aún amenazador “.  (P. 89).

De igual forma, la pobreza se ha convertido en fuente inspiradora de nueva espiritualidad, que pone de relieve el sentido pascual de la misma. Es una invitación a pasar de una situación de muerte por medio de la pasión del pobre, al reino de la resurrección. Por esto América Latina quiere comprometerse misioneramente  bajo la inspiración de “la pobreza” y de “su pobreza”.

Teniendo en cuenta, que la empresa misionera, por ser empresa de fe, no puede regirse por criterios humanos. La lógica humana invita a satisfacer primero las propias necesidades antes de atender a las urgencias de los demás. No así la lógica de Cristo. Lo cierto es que son los pobres quienes, desde su diversa situación, están desafiando a la Iglesia latinoamericana a “dar desde su pobreza”.

Aquí nace un nuevo estilo de misión que se propone: no llevar, sino descubrir; no solo dar, sino recibir, no conquistar, sino compartir la búsqueda. No ser maestros, sino aprendices de la verdad, enriqueciéndose de todo lo que hay de bueno y de verdadero en otros pueblos y en otras culturas.

  1. Misión de “pobre a pobre”

La Iglesia de nuestro continente quiere entender y afirmar el concepto evangélico de la pobreza como valor. Advertimos de una vez por todas, que en manera alguna se trata de defender la deshumanización que comporta la carencia de bienes materiales, y la defensa de los sistemas injustos que permiten a unos escandalosos lujos a costa de las necesidades angustiosas de otros. Se trata de descubrir los valores que se encierran dentro de la pobreza. Ella es signo de muerte, pero impulsadora de la vida. Ilumina bajo la fe, la gran trilogía: muerte-vida-resurrección.

Somos una iglesia de gente marginada, oprimida, sometida a estructuras de injusticia. Pero al mismo tiempo, integrada por hombres que durante siglos han vivido una profunda experiencia de fe, asimilando valores de generosidad, de perdón. De enriquecimiento espiritual, a través del sufrimiento y de una actitud solidaria que nos enseña a compartir.

Por esta razón comprendemos que la pobreza no debe ser visualizada como problema, sino como solución y como cantera de valores. El poder evangelizador del pobre es uno de los descubrimientos más conmovedores y enriquecedores de Puebla. Así nos situamos en la más auténtica metodología de la enseñanza de Jesús: La misión de pobre a pobre. La misión que se origina en América Latina se despojará entonces de toda actitud de suficiencia. Será un proceso de encuentro con el hermano pobre:

  • desde nuestra pobreza,
  • con medios pobres,
  • hacia los más pobres entre los pobres,
  • al estilo de los pobres que saben esperar,
  • que saben alegrarse con las cosas sencillas,
  • y a confiar en un poder que no viene de sí mismos, sino de Dios.
  1. Una misión de Iglesia a Iglesia

En una teología, en lo cual lo misionero ya no es un carisma concedido a determinadas personas, sino algo inherente a la naturaleza del ser cristiano y a la propia naturaleza de la Iglesia, la misión no se concibe como actividad de determinados individuos o instituciones. Se convierte en una empresa que compromete a toda la comunidad cristiana. La actividad misionera no ha de ser un flujo unidireccional de una Iglesia que da y otra que recibe. Debe ser un intercambio recíproco por el cual la Iglesia que envía se enriquece.

  1. Una misión de “comunicación y de participación”

El proyecto misionero surgido en América Latina que no es el esfuerzo de una Iglesia rica que da y una Iglesia pobre que recibe, o de una Iglesia madre que engendra a una Iglesia hija. De una Iglesia que adopta y otra que es adoptada. Es un novedoso programa llamado: Iglesias hermanas. El proyecto impulsado por el CELAM, hace ya varios años, está inspirado en el principio de Comunión y participación proclamado por Puebla, que nos presenta a la Iglesia como una comunidad de hermanos. Se origina en la Iglesia particular con la participación de todos. Enfatiza en aspecto fraterno, buscando que, tanto la Iglesia de origen de los enviados, como la de destino de los mismo, aporten y reciban recíprocamente.

  1. Misión con sentido de “liberación”

Uno de los mejores aportes de la teología surgida en América Latina consiste en el énfasis que hace en la salvación histórica, como elemento integrante de la salvación escatológica. Desde la clara valoración de las situaciones de opresión, de marginalidad bajo estructuras injustas, los pueblos de América Latina encuentran en el Evangelio de Jesús la mejor esperanza. Descubren el camino adecuado para luchar en favor de la justicia para superar todo aquello que les impide ser suficientemente libres.

El misionero que parte desde América Latina ha compartido, desde su propia experiencia, el sufrimiento de su pueblo. Ha asimilado la esperanza de una tierra prometida. Impulsado por la caridad, busca compartir con otros pueblos los preciosos dones de la justicia y de la paz.

  1. Una misión, de testimonio y anuncio, no de conquista

La misión que se origina en América Latina se fundamenta en un testimonio vico de Jesucristo y de su Reino, que ofrece, no la fuerza de una cultura o de un poder, sino la riqueza de una experiencia religiosa sencilla, pobre y humilde. La fuerza de ese testimonio se apoya, al igual que en la Iglesia primitiva, en la novedad de Cristo Resucitado y en su señorío universal, que conduce a la plenitud a todo hombre, a todos los pueblos y a toda la condición humana. De esta manera, la misión desde América Latina estará despojada de toda apariencia conquistadora, sea en el plano político, cultural o religioso.

  1. Misión no instalada sino itinerante y temporal

Desde la reflexión misionológica que se ha venido realizando en nuestro continente, aparece con mucha claridad la urgencia de rescatar la itinerancia, como una de las características que debe tener la misión. En virtud del mandato de Jesús, “Id por todo el mundo”,  los apóstoles se dispersaron de lugar en lugar. Anunciaban el Evangelio en un sitio y marchaban a otra comarca. La Iglesia que nacía en virtud de ese anuncio, a su vez se encargaba de hacer nacer otra Iglesia. Esta fue la metodología misionera de la Iglesia primitiva.

El misionero que sale de América Latina, se quedará en un lugar solamente mientras su presencia sea indispensable, sin permitir que los cristianos del lugar se vuelvan eternamente dependientes de las ayudas foráneas.

  1. Una misión inculturada

Uno de los grandes temas de la teología hoy  es el de la Inculturación de la fe. La reflexión seria sobre este tópico, apoyada en la experiencia latinoamericana dinamiza el trabajo misionero hacia la formación de una iglesia autónoma, que nace en la propia cultura. Nace, no se trasplanta. Echa raíces en la propia cultura del pueblo que es evangelizado. La Iglesia que nace en Antioquía es muy diferente a aquella que nace en Jerusalén, Éfeso o Roma.

Nace, simplemente. Por el anuncio de la palabra nace la fe. La fe conduce al sacramento de la regeneración. La Iglesia nace cuando el Evangelio de la conversión penetra las raíces de la cultura, modificando los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad (EN 19).