Salir siempre porque Dios es infinito

Hace unos años, en enero de 2009, Monseñor Virgilio Pante, Obispo de Maralal, me mandó a Ndonyowasin.  Ndonyowasin es parte de una misión más grande llamada Serolipi.  Desde el principio acordamos con el Padre Egidio, un misionero Consolata, que él estaría en el centro, en Serolipi, y atendería todos los caseríos de alrededor y que yo, por mi parte, atendería Ndonyowasin y todos sus caseríos.  Ndonyowasin queda a treinta y cinco kilómetros de Serolipi.
Y así me fui.  Llegué, en un carro viejo y destartalado y, solo, mientras conducía, adentrándome por la tierra Samburu  sentía que el Espíritu Santo me empujaba.  Recordaba el aviso grabado que hay en un muro del Seminario de Jericó que nos aseguraba que es el Espíritu el que impulsa a ir siempre más lejos.

Al llegar no conocía a nadie.  Y los cristianos se podían contar en la mano.  Había allí un salón que luego convertiríamos en iglesia y detrás del salón una pieza.  Esa sería mi habitación.  Llegué casi al caer la tarde y después de limpiar la pieza me dispuse a dormir, pensé que por esa noche no comería y que al otro día podría arreglar y ver cómo alimentarme.  Pero no, la Providencia siempre, llegó John King, uno de los principales del lugar, se presentó y me llevó a su choza.  Sacrificaron una cabra y comimos como en fiesta.  Fue la bienvenida.

Y así comenzó la vida allá.  Al otro día empecé a hacer amigos.  Recuerdo ahora a Cristina, una mujer pequeña, ya de años, y con una fuerza que la hacía grande y joven.  Cuando me vio, unos dos o tres días después, me llevó por todas partes, me mostró la fuente de donde sacaban el agua, me presentaba su gente, me enseñaba dichos Samburu y me invitó a comer.  Cristina fue la que me explicó que el nombre Ndonyowasin significa “montañas de colores” y me mostró los tonos de las montañas que nos rodeaban y vi que sí, que una tendía a ser roja, la otra blanca y la otra negra.  Cosas de la naturaleza.  La fantasía de Dios creador que juega con las pinturas.

Pronto encontré un “restaurante”.  Para entendernos diría que entre este restaurante de Ndonyowasin y un restaurante de nuestros pueblos, hay la misma diferencia que entre una carreta de caballos y los automóviles de Juan Pablo Montoya.  Té, tortas de harina, maíz cocinado, arroz, de pronto frijoles, de pronto carne de cabra.  Comía allá, en una pequeña choza llena de humo y a la que se le entraba el sol.  Un verdadero lugar de encuentro, allí compartía siempre con  guerreros, ancianos, mujeres, niños… alguna veces logré decirles que el Reino de Dios estaba entre ellos.  Mama Nasieku, la dueña, se hizo bautizar hace poco con su hijo Gilbert, y ese día, fue como la corona de todos los días de este relato.  El “restaurante” y el pozo del agua, del que fui también muy asiduo,  a veces ayudando abrevar burros, camellos y cabras… esos lugares, decía, fueron verdaderos areópagos.

Largo tiempo.  A veces muy solo, y siempre acompañado.  Las noches de Ndonyowasin las recordaré como noches de estrellas y Dios.  Viendo el cielo se me entraba por los ojos la cercanía de Dios y el silencio, a veces afinado por los coros de los guerreros y las muchachas que gustan reunirse para cantar hasta casi la mañana, me hablaba al corazón.  Las noches de Ndonyowasin se volvieron todavía más lindas cuando después de unos meses una estrella se prendió en suelo: fue el día que, después de mucha catequesis y mucho preparar la bienvenida,  pusimos el sagrario en la iglesita y ya teníamos allí a Jesús mismo.  Miguel Ángel Builes, el fundador de los javerianos, escribe que el sagrario es como las cavidades del corazón de Cristo.  En la noche no sentía más ganas de mirar las incontables estrellas, prefería mirar la lamparita, que para mi tenía más esplendor todavía.  La oscuridad iluminada de esa capilla en medio del desierto todavía alumbra dentro de mí, porque esa luz no muere nunca y una vez prendida no hay quien la apague.

Creo que todos por allá en Ndonyowasin y sus caseríos conocen ahora la imagen de María.  Me había preparado imprimiendo muchas imágenes de ella.  Recordaba que en nuestras parroquias de mi diócesis de Jericó, unos meses antes de las misiones que hacíamos, llevábamos la Virgen, la imagen de la Rosa Mística, y decíamos  que cuando María llega, llega después Jesús.  Llevando a María por esos pueblos y veredas del Suroeste  asegurábamos que el Señor realmente vendría con los misioneros.   Así que, siempre acompañado también por María.   Allá dejé en la humildad de esa casita  de Dios una imagen de la Señora de todas las gracias, con su delantal, dispuesta a servir, y entregándonos al niño Jesús.

Todos los días celebraba la misa.  Al principio solo, al caer la tarde.  Pero después empezaron a llegar algunos cristianos y muchos curiosos.  Y también muchos niños  y niñas de la escuela.   En los últimos tiempos unas cincuenta personas asistían.  Muchos no eran cristianos y venían a nutrirse de la Palabra.  Otros, ya bautizados, podían también recibir la Eucaristía, y se volvían ellos, por el alimento recibido, casa de Dios, puerta del cielo.  No hay que planear tanto la construcción de la Iglesia, bastaría, no en serie ni superficialmente, sino con pureza y todas las de la ley, dar la Eucaristía.   ¡La Eucaristía hace la Iglesia!  Fue eso lo que percibí en esas celebraciones diarias de los misterios divinos.  Creo que, al final, misión y Eucaristía sean una sola cosa.

Más tarde llegó Jacinta, la catequista.  Me era difícil enseñar a los catecúmenos por los problemas de la lengua.  Soy muy escaso en las lenguas y si algo decía era por la bondad del Espíritu.  Jacinta fue un regalo grande del cielo, fue para mi Aarón y para los catecúmenos de Ndonyowasin era y es todavía Juan Bautista.   Con ella, los que abrieron el oído, fueron, y siguen siendo, fecundados por la Palabra, y gestan ahora la fe.   Se me queda en la lista de mis alegrías la memoria del domingo en el que los catecúmenos recibieron todos la cruz y la colgaron en su pecho.  Era el primer rito, la primera fiesta,  con cielo y ángeles presentes, que la Madre Iglesia les hacía.  Todos felices, crucifijo en el corazón, ya sintiéndose hombres y mujeres de Cristo.  Unas sesenta personas, la mayoría jóvenes y niños siguen haciendo el proceso que los llevará al agua en la que la Madre Iglesia los va a dar a luz.

Y después, casi al final, vino también Joel.  Un seminarista javeriano de Costa de Marfil que hace su año pastoral.  Para recibirlo hubo que agrandar la tienda y reparamos la vieja iglesia de paredes de lata,  entonces más caída que levantada, y que después de unos dos semanas de trabajo, se nos volvió casa buena y acogedora.   Juntos íbamos por los caseríos enseñando con láminas la historia de la salvación,  las historias del amor antiguo y nuevo, las de la Biblia.  Nos reuníamos con la gente bajo los árboles, abrigados del sol, “asombrados” también por la gracia. ¡Y nos entendían!  Y esto era siempre un misterio, ¿por qué nos entienden si hablamos lenguas tan distintas, si venimos de tan lejos, si pensamos y decimos con otra lógica?  Y esta pregunta me llevaba a la presencia de Dios y una respuesta brotaba: nos entienden porque no somos nosotros los que hablamos, es el maestro interior, es el Espíritu que los habita, como habitaba al justo Abel, a Abraham y al sacerdote Melquisedec.   Nos entienden porque tienen las semillas del Verbo, Cristo, quien viene ahora a dar sentido, pureza y plenitud a su cultura y tradición, así como hace dos milenios, vino a dar cumplimiento a la Ley y los Profetas de Israel.

Por los días en que la Providencia nos había dado un carro nuevo para ir más lejos  vino el Obispo y nos dijo que nos pedía que fuéramos a otro lugar, a Lodungukwue.  Lodungukwe significa “el lugar donde se corta la cabeza”.  Esta Iglesia de Maralal es muy vasta y hay dos sacerdotes italianos que salen y es necesario hacer cambios.  ¡Y no hay obreros para la mies tan abundante!  Da dolor salir porque ya habíamos echado raíces en esos desiertos donde pocos árboles se atreven.  Porque ya estábamos gestando los hijos e hijas de Dios, y ya algún dolor de parto  habíamos sufrido.  Monseñor Pante le prometió a la gente que pronto vendría otro sacerdote.  Tal vez en junio después de las ordenaciones.  A nosotros nos toca ir y servir la Iglesia como ella quiere ser servida.  La obediencia es el secreto de la gracia.  Vamos de Ndonyowasin, “montañas de colores”, a Lodungukwe, “lugar donde se corta la cabeza”.  Si, vamos allá, que nos corten la cabeza, llena de tantos pecados y cálculos, y que tengamos la cabeza de Cristo, y que como Pablo el misionero grande podamos decir que tenemos el pensamiento de Cristo.  Salir siempre porque Dios es infinito, porque no se le pueden contar las estrellas ni las arenas que hizo.

El día que dejamos Ndonyowasin hubo un signo que me infundió gozo y me dio alas para volar  adonde me manden: al terminar la última misa, mientras daba las gracias, vi que un muchacho de unos doce años se acercó a la imagen de María y le hablaba cerquita, muy cerquita, casi besándola.  ¿Qué se dirían?  Nunca lo sabré.  Me acordé de nuestro poeta paisa Gregorio que dice que un beso es la cita de dos almas en los labios.  Si ese muchacho besó la Virgen significa que ella se ha dado ya cita y se encuentra con el alma Samburu.  María nunca deja de  alumbrar a Jesús.  Eso me bastó para que saliera de allá diciendo gracias.

Jairo Franco U. mxy

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